martes, 18 de noviembre de 2014

LA PRIMERA GRIPE DE ADÁN

Buenas noches, alguno de ustedes se ha parado a pensar en la primera enfermedad, es decir, en la enfermedad del primer hombre, Adán. No, ¿verdad? Voy a intentarlo. No es necesario que pensemos en una enfermedad grave, basta con una gripe.
 
Ninguno de nosotros estuvimos allí...; ya había sido expulsado del paraíso evidentemente, pero creo que Adán no debió sentir mucho la pérdida. Vería Adán el mismo cielo azul que había visto antes, y vería los mismos ríos limpios, y los mismos pájaros, y no tendría otra incomodidad que la provocada por algunas imágenes llegadas en sueños, imágenes de un ángel con una espada, o de una serpiente, o de un árbol lleno de manzanas a causa del cual, él no sabía muy bien por qué, habían tenido en el paraíso una gran discusión. ¿Durante cuánto tiempo viviría Adán inmerso en aquella inocencia? No lo sabemos, ninguno de nosotros estuvo allí, pero lo que sí nos puede resultar fácil de imaginar es lo que sintió un día al despertar: dolor de garganta, tos persistente, cierta sensación de mareo y malestar en el estómago. Ya sabemos que todo es relativo, y para alguien que había vivido en el paraíso el mal que sentía debió ser terrible, y Adán, presa del pánico, se dirigió hacia la mujer que tenía a su lado y exclamaría: “Eva, me estoy muriendo”. La exclamación resultó revolucionaria, por así decirlo: se utilizaba por primera vez el verbo morir. Efectivamente, allí estaba Eva. Allí estaba él, Adán, muriéndose. Debieron ser incontables, las mutaciones que se produjeron durante los días que Adán tuvo la gripe, pero sólo les voy a dar cuenta de aquella que, por primera vez en su vida, y por primera vez en el mundo, permitió a Adán decir una frase ligeramente inútil, del estilo de “¡qué color tan bonito tienen esos melocotones!” ¿Qué había ocurrido? Pues que, asustado y débil, es decir enfermo, pudo descubrir al fin la belleza de las cosas. Imagínense ahora lo que ocurrió una semana después. Imagínense que, repuesto de la gripe, abrazaría a su mujer y le diría: “¡Eva, nunca me he sentido mejor!” Expresión que en su caso, viniendo de donde venía, era muchísimo decir. Y supongo que Adán mantuvo esa convicción hasta el día en que, por poner un ejemplo más que posible, descubrió al pequeño Caín con la frente ardiendo y todo el cuerpo lleno de manchitas rojas. Y supongo que volvió a pasarlo mal para luego volver pasarlo bien y que vivió hasta el día en que descubrió que la flaqueza que tenía era la flaqueza final. ¿Qué pensaría entonces Adán? Me da bastante pena no haber estado allí y no saberlo con seguridad, pero me aventuraría a afirmar que, a pesar de todo, a pesar de encontrarse ya sin salida, a pesar de las desgracias familiares, comprendió y aceptó que la vida era precisamente lo que había ocurrido después de haber salido del paraíso.
 
Buenas noches, y muchas gracias.
Relato de Bernardo Atxaga narrado en la Taberna El callao por Antonia M. Zurera mientras los primeros virus de la cosecha anual hacían su agosto entre los parroquianos.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

SI MIS MANOS PUDIERAN DESHOJAR

Yo pronuncio tu nombre
En las noches oscuras
Cuando vienen los astros
A beber en la luna
Y duermen los ramajes
De las frondas ocultas.
Y yo me siento hueco
De pasión y de música.
Loco reloj que canta
Muertas horas antiguas.

Yo pronuncio tu nombre,
En esta noche oscura,
Y tu nombre me suena
Más lejano que nunca.
Más lejano que todas las estrellas
Y más doliente que la mansa lluvia.

¿Te querré como entonces
Alguna vez? ¿Qué culpa
Tiene mi corazón?
Si la niebla se esfuma
¿Qué otra pasión me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡¡Si mis dedos pudieran
Deshojar a la luna!!

martes, 4 de noviembre de 2014

A DELIO


Acuérdate de conservar una mente tranquila
en la adversidad, y en la buena fortuna
abstente de una alegría ostentosa,...
Delio, pues tienes que morir,
y ello aunque hayas vivido triste en todo momento
o aunque, tumbado en retirada hierba,
los días de fiesta, hayas disfrutado
de las mejores cosechas de Falerno.
¿Por qué al enorme pino y al plateado álamo
les gusta unir la hospitalaria sombra
de sus ramas? ¿Por qué la linfa fugitiva
se esfuerza en deslizarse por sinuoso arroyo?
Manda traer aquí vinos, perfumes y rosas
-esas flores tan efímeras-, mientras
tus bienes y tu edad y los negros hilos
de las tres Hermanas te lo permitan.
Te irás del soto que compraste, y de la casa,
y de la quinta que baña el rojo Tíber;
te irás, y un heredero poseerá
las riquezas que amontonaste.
Que seas rico y descendiente del venerable
Ínaco nada importa, o que vivas
a la intemperie, pobre y de ínfimo linaje:
serás víctima de Orco inmisericorde.
Todos terminaremos en el mismo lugar.
La urna da vueltas para todos.
Más tarde o más temprano ha de salir
la suerte que nos embarcará
rumbo al eterno exilio.
  
AUTOR: Horacio (Roma, 65-8 a.C.), en Carminum II 3.
ILUSTRACIÓN: Ricardo Fernández Ortega, "La noche de Caronte"