lunes, 29 de marzo de 2010

ROMANCE DE ROSAFRITA


Rosafrita, Rosafrita,
la de la fermosa cara,
la del airoso corpiño
que de tan colmado estalla;
la que las caderas mueve
de tal guisa, que al miralla
perdieron la su chaveta
los Doce Pares de Francia.
Rosafrita, si quisiérades,
abriríasme tu estancia,
guardada por once dueñas
con cucuruchos de rafia.
Si quisiérades, podrías
dexar la puerta entornada,
y yo pasaría dentro,
non para cosa malsana,
nin puerca, nin indecente,
que proponerlo no osara,
sino para que los dos
nos metamos en la cama."

Oyendo aquestas razones
tan corteses y tan castas,
ansí dixo Rosafrita,
bien oiréis lo que fablaba:

"Ven esta noche, Bardolfo,
que abriréte una ventana
por la que podrás pasar
si antes non te descalabras.
Mas non olvides, doncel,
que yo estoy ya maridada
con don Lope Gil y Puertas,
que aunque fuése a Tierra Santa,
puede volverse de pronto,
y figúrate qué cara
va a poner si nos sorprende
con las manos en la masa.
Mis dueñas non te preocupen,
que les daré una tisana
que la santa de mi madre
usó muchísimo en casa,
que si en la color paresce
cocción de tomillo y salvia,
te la tomas y las tripas
se te facen mermelada."

Estaban folgando juntos
el galán y la su dama,
cuando cascos de caballo
en el castillo sonaban.
"Aqueste trote, mancebo",
diz Rosafrita muy blanca,
"es el trote de mi esposo,
que entre mil lo adivinara."
Ya subía el caballero
por escaleras y rampas,
y al llegar a su aposento,
estas palabras fablaba:

"¿Qué facen las once dueñas
muertas y despanzurradas?"
"Murieron de sopetón,
pues picóles la tarántula."
"¿Qué facen esos calzones
de varón sobre mi cama?"
"Son un valioso presente
que os manda el rey de Navarra."
"­¡Vive Dios, que están rompidos!"
"Es que usólos el monarca,
y entre Pinto y Valdemoro
le clavaron una lanza."
"¿Y de quién son esos pieses
que asoman entre las sábanas?"
"Del postillón, que ha venido
a repartir unas cartas."
"¿Y las reparte desnudo,
cual su madre le alumbrara?"
"En verano nada más,
porque en invierno se tapa."

El noble considerando
la situación con gran calma,
dixo a su esposa con pena
y mansedumbre en su cara:
"Siempre dixe, Rosafrita,
que de buena te pasabas;
y como eres tan piadosa,
la pringas, hija del alma.
Que se vaya el postillón
a otra parte a facer gárgaras.
¡­Sin un hombre que la gobierne,
la casa non es la casa!"

  
 
Jorge Llopis (1919-1976)

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